Él, que siempre tenía palabras amables para todos, una sonrisa de oreja a oreja y un interés infinito por cómo andaban tus hijos, tu madre o cualquier otro familiar del que él no hubiera tenido noticias en mucho tiempo.
Severiano el panadero era para Palmones una de esas figuras eternas, omnipresentes en la memoria de todos. Los que conocimos su despacho de pan, en la avenida Andalucía, no solo nos asomábamos al mostrador, también a su casa, a la mesa contigua al despacho donde se reía, se vivía y se compartía todo lo que hubiera sobre el mantel.
Severiano falleció anoche y hoy me han venido a la cabeza sus hijos, Alfredo y Pepi, su sobrina Isabel, sus nietos, sus yernos, su nuera y su mujer, Carmen. He recordado esas visitas al horno de pan -en las madrugadas de feria y fiestas varias- para saludar a quienes, como él, tenían trabajo cada noche y de paso nos llevábamos pan calentito. Y también he recordado esas conversaciones de adolescentes que teníamos Pepi o Carmen a cuenta de algún que otro niño, como decíamos en aquella época al referimos a un ligue de juventud.
A Severiano lo vi por última vez hace unos dos meses, en la plaza del pueblo, en ese banco que comparten un grupo de hombres en el que cada mañana, y antes de las doce del mediodía, ya se ha debatido todo, lo divino y lo humano.
Y así era él, divino y humano. Porque Severiano tenía palabras de cariño para todos, para grandes y pequeños. Quienes crecimos en los 80 crecimos con él, con el pan de Severiano, y con la mirada puesta en esa furgoneta parada a la puerta de su despacho que nos anunciaba que Severiano andaba por allí.
Hoy, el panadero sigue y seguirá estando allí.
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Severiano y el despacho de pan en el que crecieron los niños de Palmones
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